Bitácora Expedición Antártica Homeward Bound 2018· Día 1

15 de Febrero de 2018

Calafate, Patagonia            50°20′22″S 72°15′54″O

Ushuaia, Tierra del Fuego  54°48′26″S 68°18′16″O

Dormí en un hostal muy coqueto en Calafate, a orillas del Lago Argentino. Bueno, dormir, dormir, no dormí. A las 3:42 me sorprendí con los ojos clavados en el somier de la litera de arriba. No sé si fueron los nervios o los ronquidos de Ernesto – un tatuador argentino que dormía en la misma habitación – pero no dormí una mierda. Me pasé las tres horas siguientes esperando a que sonara el despertador. Cuando por fin sonó, ya me había visto los 4 últimos episodios de Sherlock Holmes y no tenía nada para ver en el vuelo a Ushuaia. Me dio igual. Me levanté y corrí a la cocina a desayunar. Allí me esperaba Fernanda, la dueña del hostal, fumándose un cigarro apoyada en la encimera mientras gritaba a los muchachos que entraban en el callejón de su casa que se fueran a mear a otra parte.

– He hecho tostadas, tienes café en la mesa.

–No tomo café, gracias.

–También hay té.

–Tampoco tomo té.

–Ah, ¿y qué tomas?

–¿Tienes cacao?

–Sí, está en el aparador. Ahora viene a buscarte el transfer.

Me comí las tostadas mientras otro par de chavales intentaron decorar el callejón de Fernanda. Pero ella, impasible, les vapuleaba con su lengua argentina. Era divertido verles escapar mientras intentaban abrocharse los pantalones. Entre tanto, el transfer no llegaba. Si se me hicieron largas las 3 horas de la noche, no os imagináis la espera del transfer. Había pasado más de media hora. Yo miraba a Fernanda y Fernanda me miraba con cara de no te preocupes que ya vienen. Pero, el transfer no venía. Poco después descubrí – apostaría que en el   mismo momento que ella –  que Fernanda se había equivocado y había contratado el transfer para el día siguiente. La seguridad de matriarca argentina, se desvaneció ante mis ojos y pensé, verás que al final no llego. 

– Perdóname, hija. Te he llamado un taxi y ya viene de camino. Yo lo pago. Perdóname, perdóname.

 – No te preocupes – mentí.

Casi me da un “parraque”. El taxi llegó enseguida. Pero, la ilusión iba a durarme unos 30 segundos. Según me monto en el taxi, con Google avisándome de que mi vuelo ya ha abierto el embarque y con media Fernanda dentro del coche a través la ventanilla de delante. El taxista nos dice que no puede llevarme al aeropuerto. Sólo a la terminal de autobuses. Fernanda y el taxista discuten pero yo ya no les oigo. 

–Fernanda, señor taxista, hagan ustedes lo que quieran pero yo tenía que estar en el aeropuerto hace media hora. ¿Qué hago? Denme una solución. 

–Hija no te preocupes que llamamos a otro, ya viene. ¡Eh! ¡Será pelotudo el meón! ¡Quita de ahí! ¡Marrano!

¿Entonces la llevo a la terminal o no la llevo?

¡NO! – gritamos las dos. 

En aquel caos en el que cada uno atendía a lo suyo y yo me imaginaba el buque saliendo de Ushuaia hacia la Antártida con 79 científicas en vez de 80… Cuando me quise dar cuenta estaba en un taxi que me llevaba al aeropuerto a 140 km/h mientras me explicaba los puntos de interés paisajístico de la carretera ( aquí el lago, aquí el bosque fosilizado, aquí el cruce…).

– No te preocupes hija, que llegamos.

Llegué al aeropuerto en veinte minutos, facturé por los pelos y cuando me senté en el avión casi me hago pis de la emoción.

Fui la primera del equipo en llegar a Ushuaia. El hotel estaba en la loma de una montaña mirando al canal. Las vistas eran increíbles, las montañas coronadas de hielo parecían moradas con la luz de medio día. Dejé mis cosas en la sala, saludé a algunas de las chicas y me senté a esperar al resto. Cuando vi a Uxua, Alicia, Alex y Adriana subir por aquella escalera fue como si el corazón se me saliera del pecho. De repente, toda la alegría, el apoyo de la gente, la ilusión y el trabajo de un año entero se me salían por los ojos, literalmente, a borbotones. Estuve llorando unas dos horas. La mayoría de las chicas me miraba como si fuera un marciano. Supongo que sólo las que habían tenido que trabajar para conseguirlo lo entendían. Pero a mí ya me daba igual. Lo habíamos conseguido.

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