BITÁCORA EXPEDICIÓN ANTÁRTICA HOMEWARD BOUND 2018· DÍA 6

20 de Febrero de 2018

Half Moon Island 62° 30’ S 60°O

 

¡Buenos días zarigüellas!

Poco a poco mi cuerpo se va acostumbrando al mar y a las pastillas que nos dio la doctora. Me levanto con ilusión. Vamos a bajarnos del barco por primera vez y eso siempre tiene su intríngulis.

Julieta, Cata y Natascha nos explican todas las cosis que necesitamos saber para poder bajar a tierra en las zodiacs. Julieta, es una flaquita menuda de ojos claros, cara afilada y piel dorada por el sol que suple su falta de talla con un simpático y arrollador carácter.  Cata, bien encofrada por dentro y por fuera, consciente de lo intimidante de su cuerpo esbelto no dudaría en usarlo para hacernos entrar en razón. Natascha, rubia de ojos azules, escondida en la retaguardia de sus sudaderas, nos supervisaba atenta y meticulosa hasta lo obsceno. Juntas capean dentro del barco los temporales de visitantes, mientras el resto de la tripulación capea los temporales contra el mar. De entre todas las cosas lógicas que nos explicaron como por ejemplo que hay que limpiarse la ropa y los zapatos antes de bajar a tierra para evitar el transporte e introducción de especies y contaminantes, que no vale con darse la manita para subirse a la zodiac hay que agarrar la mano del marinero desde el antebrazo, para que así si tú te escurres o él se escurre el otro aún tenga oportunidad de mantenerte sujeto. Y mira oye, eso que te llevas… Pero sin lugar a dudas las dos que más me gustaron fueron las de “a la Antártida se viene comido, meado y cagado” y “los pingüinos siempre tienen prioridad”.   Si tiene usted una urgencia, no hay problema, avisa y piti piti piti de vuelta con la zodiac al barco. Cuando acabe de gestionar sus apremiantes necesidades piti piti piti de vuelta a tierra y todos tan contentos. Lo de los pingüinos tienen prioridad os lo cuento en la próxima bitácora.

Cuando acabaron de explicarnos todas las normas empezamos la clase de aves marinas y pingüinos. Solo diré que fue tan decepcionante como su título. Para empezar, no entendí la necesidad de separar a los pingüinos de las aves marina. Cierto es que no vuelan, pero huelen exactamente igual de mal que el resto.  Y segundo, las gaviotas, charranes, skuas quedaron totalmente olvidados en un mar de albatros.

 Llego el gran momento. Parapetadas en mallas, pantalones impermeables, polares, gorros, guantes y chalecos salvavidas esperamos inquietas en el salón. Aspiramos nuestras mochilas y desinfectamos nuestras botas. Por un momento la paranoia se apoderara del barco en una limpieza compulsiva. El marinero que lleva nuestra zodiac se llama Xoel, no lleva guantes y tiene las manos cuarteadas por el mar. Protege su cara del viento con un tupido bigote y un pañuelo granate con rombos dorados. Hay quién tiene clase hasta en el mar. Estoy tan incómoda con tanta ropa que casi no puedo moverme. Nos ayudan a desembarcar y Greg nos explica por dónde podemos ir. Llueve bastante y apenas acierto a colocarme la visera del gorro con los dos pares de guantes puestos.

Al fondo del camino dejando un gran glaciar vigilado por leones marinos a la izquierda está la base Argentina de Camara. El infante de marina Andrés de Magallanes nos recibe sonriente enfundado en su chándal gris. Nos presenta a “sus hombres” y nos invita a tomar jugo y pastas. La sala esta recién reformada, pero podría ser un salón de casa de abuela, llena de recuerdos colgados en las paredes y unos sofás tapizados en flores estilo años 70.

Me siento con Alicia y Paola a charlar con él. Nos cuenta como se dedican a mantener la base y presume de que tienen muchas mujeres, muy contentas, en su base. Paola de da un amigable rapapolvo sobre la figura de la mujer en el ejercito. Al infante de marina Andrés de Magallanes no le valen las medallas para contestar. Se siente un acorralado por nuestra abrumadora insistencia y pide ayuda a uno de sus subordinados que se ríe divertido mientras contesta. Paola es tan consciente de ello como buena embajadora de su tierra, y para firmar la paz le regala una sonrisa y una bolsa de café colombiano. Una de cal y una de arena. 

 

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