BITÁCORA EXPEDICIÓN ANTÁRTICA HOMEWARD BOUND 2018· DÍA 8

22 Febrero  2018

The Great Wall 62°12’35.40″ S, 58°57’26.39″ O

¡Buenos días, zarigüellas! El desayuno estará servido en cinco minutos. Después tendréis tiempo para prepararos para visitar la base china: La Gran Muralla.

Sólo desayuné fruta. Tenía la sensación de que estaba comiendo más de lo que mi cuerpo quemaba en barco. La visita a La Gran Muralla parecía un asunto bastante sensible. Antes de bajar nos dieron un croquis que especificaba las zonas en las que estábamos autorizadas para transitar.  La verdad es que hubiera bastado con decirnos, ¡no os mováis de la plaza! Allí las 80 intentábamos, sin mucho éxito, hacernos fotos con el gong, los dos dragones sin que saliera nadie más en la foto. Aún así fue divertido. Mientras nosotras nos entreteníamos, tres señores vestidos con monos azules nos vigilaban imperterritos. Tanta seguridad se debía a la visita de alguien muy secreto a quien vimos llegar en avión pero a quien obviamente no tenemos ni idea de quien era.

Tuvimos un poco de tiempo libre antes de la cena. Pero, Fabian y Marshall nos llamaron para preparar el grupo de género. La reunión estuvo bien y sirvió para organizar el World Café del día siguiente, pero no tuve tiempo para preparar mi Simposio en el Mar. Estaba un poco nerviosa. El día de antes lo había pasado regulinchis en una de las sesiones de la tarde. Estaba un poco saturada y frustrada por no conseguir intervenir en las conversaciones al ritmo que me gustaría. Además, me había puesto la losa de que quería ser graciosa en inglés y me daba miedo no serlo. Lloré un poquito mi enfado con Charlene y Melissa y decidí que si no lo era no pasaba nada, pero que tenía que intentarlo. Convertí mi debilidad en un gag y cuando me di cuenta se estaban riendo. De alguna manera yo también sonreí por dentro.

A mitad de la sesión de la tarde Greg bajo del puente. No solía bajar cuando estabamos trabajando. Era evidente que algo pasaba. Pero, no nos imaginábamos qué era.  Segundos más tarde señaló la ventana, no hizo falta explicar nada más. Mazacotes del tamaño de un polideportivo pasaban uno detrás de otro junto al barco.

Era tan bonito que dolía. La anfitriona de la sesión de la tarde ni siquiera intento recuperar nuestra atención. Nos dejó disfrutar de aquel momento. De la inmensidad del hielo arañando nuestras retinas. Los elaborados discursos del Simposio en el Mar, se convirtieron en el balbuceo de un niño de tres años Halaaaa, ooooo, miraaaaa.

Por fin se hacía realidad. Habíamos llegado.

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