BITÁCORA EXPEDICIÓN ANTÁRTICA HOMEWARD BOUND 2018· DÍA 13

27 de Febrero 2018

Cuverville, Canal de Errera

64° 41′ 00″ S, 62° 38′ 00″ O

Buenos días zarigüellas, el desayuno se servirá en 5’.

La mañana empezó con Fabian leyéndonos un cuento sobre un pingüino miedoso. Me dejé llevar y seguí sus aventuras como si fueran las mías. Me di cuenta cuanto echaba de menos pasar las tardes escondida entre libros.

Tras el cuento empezamos la sesión de visibilidad que derivaría en discutir los estereotipos a los que nos enfrentamos las mujeres científicas. Fue desolador escuchar las experiencias que algunas valientes se atrevieron a compartir. Pasando por la sutil condescendencia hasta un mi supervisor de tesis mordiendo una teta. Si aquello era lo que podía contarse, me pregunté qué esconderían los silencios del resto.

Después de comer nos adentramos en el estrecho de Errera. Navegábamos entre hielo y ballenas. La sesión de coaching de la tarde, no pudo hacerle frente a tan sublime paisaje. Me escabullí por el comedor y salí a cubierta con Mel y Hilary. Cuando volvimos al salón, Greg nos miraba con ojos traviesos:

-Parece que alguien no ha podido resistirse…

Llegamos a Curverville. Poco a poco los pingüinos fueron acomodándose a nuestra presencia. Nos colocamos en un semicírculo y leímos las cartas a los pingüinos que Paola había traído desde distintas escuelas en los rincones más recónditos de Colombia. La mía era de un pequeño que decía:

La Antártida no le pertenece a nadie y existe la libertad.

Mientras nosotras leíamos, los pingüinos hacían sus cosas de pingüinos ( entrar y salir del agua, tropezarse con las piedras, chocarse unos con otros) completamente ajenos a nuestro gesto de agradecimiento a aquellos niños que supieron ilusionarse con la idea de salvar el planeta.

Volvimos al buque escoltados por una foca leopardo casi tan grande como la zodiac. Engullí la cena. Quería subir al puente a ver si conseguía ver las orcas. Llevábamos buscándolas todo el día y no habían aparecido.  Cuando llegué al puente estaban Cata, Julieta, Natacha y un par de oficiales. Pasé un ratito oteando el horizonte sin mucho éxito. El rosa se mezclaba con el hielo y la luna salía entre las montañas como si compitieran a ver quién era la más bonita.

-Orcas a la una y media- grité.

– ¿Seguro que son orcas? – dijo Alan.

– Sí.

Sentí como simultáneamente el buque viraba a babor y mis mofletes se sonrojaban de la emoción. Tenía el corazón calentito.

La luna se ponía a nuestra espalda mientras disfrutábamos de la puesta de sol.

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