Comienza la aventura

Todo empezó un 2 de febrero.  Mi amiga Deborah me envía un link y me dice: Amiga, mira esto, y me cuentas. Te va a encantar. Así es como un febrero normal, sin altibajos, de esos que no aspiraran a ser bisiesto, se convirtió en una aventura. Tengo hasta el día 20 para hacer un vídeo y convencer a Homeward Bound de que soy una tía estupenda, una mega crack, un chalet con vistas a la playa y que ese barco no puede salir de Ushuaia sin mi haciéndome selfies en cubierta.

Será fácil, pienso. ¿Quién puede pasar hoy en día sin un experto en demografía de poblaciones de aves marinas? Es más, ¿Cómo piensan sobrevivir a un viaje a la Antártida de tres semanas sin saberse el nombre científico de al menos siete especies de gaviotas?  Venga, Ana. En serio, eres buena científica y buena divulgadora, tienes cosas que aportar. Deja el síndrome del impostor para otro día y ponte las pilas.  Con no poco esfuerzo consigo hacer un vídeo que,  aunque se escucha regulinchis, es bonito y abre las puertas de la expedición. El  mismo día que me dicen que me han cogido, me rechazan el cuarto artículo de la tesis. Para compensar, supongo.

Al principio no acabo de creérmelo. Pero poco a poco me voy haciendo a la idea. Me voy a la Antártida. Muy bien Ana, ahora sólo necesitas 20.000 euros.